Edgar Brau

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NovedadesEl oficio de Gulliver

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EL OFICIO DE GULLIVER

 

 

CONTENIDO

 

INTRODUCCIÓN.                                                            

CRONOLOGÍA DEL CAPITÁN LEMUEL GULLIVER.

 

PRIMERA PARTE

CAP. I. El Autor explica los motivos de su nuevo viaje. Algunos detalles de su paso por España. Filibusteros ingleses atacan su nave, lo embarcan en un bote pequeño y lo abandonan en el mar.

 

CAP. II.  El Autor llega a las costas de Incognitahriah cuando esta isla experimenta una de sus habituales expansiones. Después de naufragar se encuentra con unos mastines y posteriormente con algunos habitantes, todos los cuales se desplazan con extremada lentitud. El Autor descubre y halla cobijo en una academia de inglés.

 

CAP. III.  El Autor se entera del fenómeno natural que por ciclos rige la isla y también de que un marino inglés lo ha precedido allí. El fantástico fin de éste. El pueblo de Incognitahriah conoce al Autor, quien seguidamente es llevado a la residencia del Presidente.

 

CAP. IV. El Autor arriba a la residencia del Presidente, donde debe firmar un Acta de Compromiso. Detalles del Acta. El Presidente de Incognitahriah recibe al Autor. Las metamorfosis del Presidente.

 

CAP. V. Otros detalles del recibimiento. El Autor conoce al personaje más importante de la isla, quien brinda una exhibición de su arte. La historia de ese personaje.

 

CAP. VI. Continuación del banquete. El Autor conoce una danza llamada tahngoh. Accidentado final del banquete para el Autor, que es luego hospedado en la residencia del Presidente.

 

CAP. VII. El Autor recibe unas estampas que lo retratan durante el banquete anterior. Luego debe entregar su traje a LahRahpiñah o Grupo de Confiscación. Un error por parte del sastre retrasa la confección de su nuevo traje.

 

CAP. VIII. El Autor, luego de rendir examen de sus habilidades en el arte de la natación y de sortear la acción envidiosa de un maestro en ese arte, recibe un nuevo traje. Al visitar el despacho presidencial, el Autor dilucida cierto aspecto de la vieja cuestión romana de pan y circo. Por la noche tiene ocasión de conocer la Cruz del Sur.

 

CAP. IX. Descripción de Hbairehs, la metrópoli de Incognitahriah. Similitudes con la ciudad de Londres. Una historia de amor. La Hijahdeunahgransieteh o Cruz del Bandido.

 

CAP. X. Prosigue la increíble historia de la Hijahdeunahgransieteh o Cruz del Bandido. El Autor se enfrenta a un terrible dilema.

 

CAP. XI. El Autor participa del hecho cultural más importante de Incognitahriah. Un sueño del Autor o De Platón y la pelota. El Presidente sufre un acceso de ira.

 

CAP. XII. El Autor recibe en audiencia a las personas más importantes y distinguidas de la metrópoli. El origen de sus fortunas. El suave papel y la tableta excrementicia.

 

CAP. XIII. Continúan las entrevistas del Autor con las personalidades de la isla. Procurando hallar algo de profundidad en sus interlocutores, el Autor solicita la presencia de hombres y mujeres pertenecientes al pueblo. Decepcionado también con esas personas, se decide por una compañía animal. Sus conocimientos médicos le proveen un compañero inaudito.

 

CAP. XIV. El Autor estudia el lenguaje de los incognitahriohs. Por las noches se reúne con el Presidente. El Autor, iniciado en el uso del rapéh blanco, demuestra sus talentos musicales. El Presidente ordena que se anote y difunda una canción del Autor. Éste conoce la historia del Presidente. Consideraciones nocturnas acerca de las inercias y las dinámicas políticas.

 

SEGUNDA PARTE

INFORME SOBRE INCOGNITAHRIAH

 

Incognitahriah.

 

La mujer ciega.

 

El personaje en el papel.

 

La riqueza de las naciones.

 

Las guerras de Incognitahriah.

 

Los micohs.

 

El espantapájaros celeste.

 

Temor y Temblor.

 

La música de las esferas.

 

El viejo y el gordo.

 

TERCERA PARTE

CAP. I. El Autor, por causa de su imaginación vigorosa y sensible, sufre unos ataques de pánico. Preocupado por esa novedad, intenta remediarlo acudiendo a diversos tratamientos, todos los cuales fracasan rotundamente. El Presidente de Incognitahriah lo alienta entonces a utilizar rapéh blanco.

 

CAP. II. El Autor adopta el hábito de inhalar rapéh blanco por las razones más variadas. Tito, el oso hormiguero, mascota y amigo del Autor, al tratar de imitar a éste protagoniza un importante incidente. El Autor es víctima del Mal del Rapéh.

 

CAP.III. El Autor es internado en un Loquehroh Modehrahdoh o Casa de Alienados Recuperables. Se describen algunos casos y los métodos de curación. El Autor planea ciertas excursiones futuras. Cuando abandona el Loquehroh descubre que su canción lo ha hecho célebre entre la juventud de la isla.

 

CAP. IV.  De regreso en la residencia presidencial, el Autor se entera de que será agasajado con un banquete de bienvenida. Reencuentro con Tito, quien le manifiesta su asombro por el comportamiento amoroso de los humanos. El Autor lo ilustra entonces sobre ello con ejemplos tanto bajos como elevados que recogió durante sus viajes. Coloquios trascendentes entre el Autor y Tito acerca de tales temas.

 

CAP. V.  El músico más famoso de la isla interpreta la canción del Autor en el banquete con que se lo agasaja a éste. La ejecución de la pieza musical produce una extraña metamorfosis en la apariencia de todos los presentes. Meditaciones del Autor acerca de la posibilidad de apoderarse de los espíritus mediante la música.

 

CAP. VI.  El Autor, tras salir en busca de Tito, que huyó del banquete a causa de la música que en él se ejecutaba, lo halla refugiado en la galería donde se exhiben las calaveras de los antiguos presidentes de Incongnitahriah. Impresionado por la visión de esas reliquias, el Autor parafrasea a un antiguo dramaturgo inglés. El Autor conoce al guía tuerto que habrá de conducirlos a él y a Tito hasta La Casa del Eco y la Casa de Alienados Irrecuperables.

 

CAP. VII.  Se inicia el viaje del Autor y de Tito. Al cruzar los límites de la metrópoli son atacados por los micohs. Para alejarlos, el Autor dispara su trabucoh, lo que provoca que el caballo del guía y los bueyes que conducen la carreta se desboquen. Más adelante se topan con un gauchoh, quien les relata, acompañándose con una guitarrah, las aventuras vividas luego de que el Gobierno lo obligara a abandonar su hogar y familia para ir a luchar contra unos diabólicos aborígenes.

 

CAP. VIII.  El Autor arriba a La Casa del Eco. Descripción de las instalaciones y del sistema empleado allí para proveerles a los jóvenes interminables sesiones de música. Cierto incidente ocurrido al estrenarse en aquellas instalaciones la canción del Autor, lo obliga a éste a emprender una retirada expeditiva junto con Tito y con el guía.

 

CAP. IX.  Al abandonar La Casa del Eco, un temporal provoca el extravío del guía. El Autor y Tito deben abandonar la carreta y continuar el viaje solos y a lomo de buey. El hallazgo del esqueleto de un oso hormiguero propicia cierta escena shakespiriana. Antes de arribar a la Casa de Alienados Irrecuperables, el Autor y su amigo se cruzan con unos curiosos personajes, entre ellos una niña que habla con un gato que sonríe y un marino lisiado que les ofrece una valiosa moneda a cambio de avistar una ballena blanca.

 

CAP. X.  Mientras contemplan la Casa de Alienados Irrecuperables, construida en un gigantesco bloque de hielo que se asienta en un cráter todavía más grande, el Autor y Tito se desbarrancan, aunque sin consecuencias negativas para sus físicos. Se presenta un poeta para guiarlos por el interior de la Casa. Descripción del lugar y de algunos de los alienados que alberga.

 

CAP. XI.  Siempre guiados por el poeta, el Autor y Tito continúan su periplo por la Casa de Alienados Irrecuperables. El joven-escarabajo y el hombre-bestia. La sala de alienados “mediocres”. Discusión entre Tito y el poeta acerca de categorías de locura.

 

CAP. XII. Continúa el periplo por la Casa de Alienados Irrecuperables. Las grandes enamoradas y los hombres que pactaron. El pintor de girasoles. La sala de los filósofos y la sala de los poetas. El alma más grande. Una nueva caída del Autor y de Tito.

 

CAP. XIII.  El Autor y Tito regresan a la metrópoli, donde se enteran de la repercusión negativa que tuvo su viaje para ciertos sectores políticos. El Autor le comunica al Presidente de Incognitahriah sus intenciones de regresar a Inglaterra, pero éste le solicita que posponga esas intenciones debido a ciertas razones de alta política. Otro sueño del Autor.

 

CAP. XIV.  La incapacidad del Presidente finalmente obliga al Autor a intervenir para destrabar la situación que le impide regresar a su país. El Autor se despide de Tito. Los incognitahriohs reciben del Autor, como legado, el conocimiento de  un nuevo deporte. Aclamado por el pueblo de la isla, el autor regresa a Inglaterra. Su nueva vida allí.

 

NOTA FINAL.

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INTRODUCCIÓN

 

La obra que se entrega hoy al público fue hallada en un lote de manuscritos ingleses pertenecientes al siglo XVIII, que salió a la venta en esta ciudad no hace mucho. Escrita en unas hojas de un papel rústico y ya amarillento, presentaba en la cabecera de la primera de ellas, acaso menos como título que como nota informativa, la siguiente inscripción: Viajes – Un viaje a Incognitahriah – seguido del Diario del capitán Gulliver y de su amigo el oso hormiguero Tito, escrito en ciertas jornadas vividas en esa isla por ambos; luego, en la parte inferior de la última página y a manera de colofón, la firma de su autor: Lemuel Gulliver, primero cirujano y después capitán de varios barcos. El nombre Jonathan Swift no figuraba en ningún sitio.

Tras una atenta y exhaustiva lectura del contenido, decidí presentarles el manuscrito a un par de renombrados calígrafos, quienes coincidieron en que el contenido de las hojas y el colofón habían sido escritos por la misma mano. (Un cotejo paralelo llevado entretanto adelante por mí entre la letra de los manuscritos y la de Swift, me indicó por su parte que no existía ninguna coincidencia entre ambos.) Después les remití copias del texto a varios expertos en Swift, tanto ingleses e irlandeses como norteamericanos. Todos se mostraron impresionados por la similitud con el estilo y la forma de los Viajes de Gulliver, y todos, también, coincidieron conmigo en considerarlo algo así como una especie de secuela escrita por alguien para aprovechar el éxito de los Viajes, y que por alguna razón desconocida (quizá un amparo interpuesto por el propio Swift) no fue finalmente publicada en los días de su creación —algo que esos gentiles caballeros, como los hubiera llamado Gulliver, me animaban ahora a hacer, al menos en español.

Volví a leer el texto, y la idea de traducirlo y ordenar un poco los fragmentos que requerían esto, se fue insinuando en mi cabeza. Finalmente, alentado por el interés algo más particular que sobre ese asunto me demostró en una segunda carta uno de aquellos corresponsales, me decidí y comencé el trabajo. Por fortuna el relato poseía ya una estructura bien definida, lo que me ahorró esas exasperantes dudas que aparecen al tener que ordenar un texto cuyo autor no lo hizo; incluso el Diario que mencioné al principio (y que no se incluye aquí) estaba nítidamente separado del relato del viaje en sí. Únicamente en dos casos debí intervenir un poco más para otorgarle fluidez a la historia (que por razones desconocidas aparecía en esos tramos como una suerte de anotación casi taquigráfica) y en un tercero para introducir ciertas interpolaciones literarias y completar unas escenas que estaban apenas esbozadas. Se trataba, en el primero de ellos, de la descripción de lo ocurrido cuando la isla de Incognitahriah (a la que ciertos fenómenos físicos reducen cada tantos años al tamaño de una tortuga) se comprime y queda cubierta en toda su extensión por un crucifijo de madera que el mar llevó a sus costas (solamente lo que pertenece a la isla se achica proporcionalmente) y que un retrasado mental halló y ocultó luego por miedo a que se lo quitaran. En el segundo, de la narración del proceso que condujo a Gulliver a adoptar como mascota a un oso hormiguero, y de cómo éste adquiere y utiliza, de un modo que termina por rozar lo exquisito, el lenguaje humano. Las interpolaciones, en tanto, fueron intercaladas en la Tercera parte de la obra, durante las fantásticas andanzas de Gulliver y de Tito, el oso hormiguero, por los alrededores y luego por las salas y las galerías del asilo de alienados excavado en el interior de un glaciar. El resto, según fue dicho, no precisó de mayores intervenciones.

En cuanto al título que decidí otorgarle, si bien su autor, como indiqué, estampó en el inicio la palabra Viajes y hasta Un viaje a Incognitahriah, me pareció, sin embargo, que con sus condicionantes particularidades esas denominaciones resultaban, cuanto menos, insuficientes para representar la variedad de lo contenido en estas páginas, un contenido que se produjo —como el mismo Gulliver lo afirma— por obra y causa de su “oficio”, esto es, de su condición de navegante y descubridor. De modo que, tras un ligero cotejo entre varias posibilidades, no hallé finalmente mejor alternativa que permitir que fuera tal condición la que le otorgara su texto a esa inscripción de proa con la que cada libro promulga su identidad.

 

E.B.

Buenos Aires, diciembre de 2011

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CRONOLOGÍA DEL CAPITÁN LEMUEL GULLIVER

 

 

1667. Nace en Nottinghamshire, adonde sus padres, oriundos de Oxfordshire, se habían radicado unos meses antes.

 

1681. Estudios en el Emanuel College, de Cambridge.                   

 

1684. Aprendiz de cirujano en casa del señor James Bates, en Londres. Prácticas de boxeo en la academia de James Figg.

 

1688. Estudios de Física en Leyden.

 

1690. Médico de a bordo en el Swallow.

 

1693. Se establece como médico en Londres. Casamiento con Mary Burton.

 

1695 / 98. Médico de a bordo en varios barcos, con los cuales recorre Las Indias Orientales y Occidentales.

 

1699. A bordo del Antelope arriba a las costas de Liliput, cuyos habitantes no llegan a las seis pulgadas de altura. Vive allí y en Blefuscu durante dos años.

 

1702. Regreso a Inglaterra. Dos meses después se embarca en el Adventure.

 

1703. Descubre el reino de Brobdingnag, habitado por gigantes.

 

1706. Tras diversas peripecias en aquel reino y luego en el mar, llega en el mes de junio a Inglaterra. En agosto emprende su tercer viaje, a bordo del Hopewell.

 

1707. Viaje a Lapuda, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y Japón.

 

1710. Regreso a Inglaterra. Cinco meses después parte como capitán del Adventurer.          

 

1711. Tras sufrir el amotinamiento de su tripulación, descubre el País de los Houyhnhnms o Caballos. Se topa allí con los yahoos, criaturas semejantes a los hombres pero cuya degeneración física y moral los condena a servir a los nobles equinos que gobiernan el país. Al aprender el idioma de éstos y conocer sus costumbres, el capitán Gulliver se distancia cada vez más de los yahoos y luego, por extensión, del propio género humano, que a sus ojos en nada se diferencia ya de esos repulsivos seres.

 

1715. Considerado por los Houyhnhnms un yahoo más, debe abandonar el país. Con pesadumbre y a bordo de un precario bote, inicia su viaje en el mes de febrero. Un barco portugués lo rescata y conduce a Lisboa. De allí se dirige a Inglaterra.

 

1716 / 1720. Vive en Redriff, en compañía de su familia, a cuyo olor tarda en acostumbrarse. Compra dos potros grises, con los cuales se entretiene en conversar.

 

1721. Abandona Inglaterra, llega a Lisboa y se embarca en un navío sueco rumbo a las Indias Australes.

 

1722. Descubre la isla de Incognitahriah en el mes de marzo. En septiembre parte de la isla y se dirige a Lisboa, adonde llega en el mes de diciembre.

 

1723. En enero se embarca hacia Inglaterra. Se muda a Netvark.

 

1726. Se publican sus Viajes, en los que no se incluye el viaje aIncognitahriah. 

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PRIMERA PARTE
 
Cap. I

 

El Autor explica los motivos de su nuevo viaje. Algunos detalles de su paso por España. Filibusteros ingleses atacan su nave, lo embarcan en un bote pequeño y lo abandonan en el mar.

 

Incapaz de resistir las solicitaciones del despejado horizonte que se extendía frente a mi retiro, en Redriff, ni de adaptarme totalmente a los yahoos de mi familia, unos seis años después de mi último regreso a Inglaterra, ocurrido tras mi desgraciado exilio del país de los Houyhnhnms, decidí hacerme una vez más a la mar. No tenía, al contrario de otras veces, ningún ofrecimiento al respecto, pero había leído en un periódico que en alrededor de sesenta días un barco sueco zarparía desde Lisboa rumbo a las Indias Australes, cuyos extremos (y las islas de Lord Falkland, además) pretendía explorar una expedición de sabios alemanes que viajaba a bordo. No se informaba si existían plazas disponibles, pero aun así resolví arriesgarme. Junté mis ahorros, dicté algunas disposiciones relacionadas con mis bienes, me despedí de mis dos potros grises y de mi familia —que harta seguramente de mis extravagancias se opuso apenas a mi partida— y el 18 de octubre de 1721 abandoné Inglaterra.

Para acostumbrarme a la especie yahoo y perder a un tiempo el distraimiento de mí mismo en que me había sumido la rutina de esa vida retirada, no me dirigí directamente a Portugal. Fui primero a Francia y después a España, donde ya conseguí acercarme a un ser humano sin taparme la nariz con ruda o tabaco. Siendo, como soy, perpetuo admirador de las familias antiguas e ilustres, asistí en Madrid a una ceremonia pública donde se presentó el rey de esa nación, cuyo retrato yo nunca había visto. Me interesaba mucho, aprovechando el infalible golpe de vista que me caracteriza, escudriñar sus rasgos para comprobar si su linaje era intachable o si, como ocurre a veces con ciertos miembros de la realeza, el contacto de algún antepasado con un barbero, una cómica o un sifilítico había logrado contaminarlo. Pero debido al gentío apenas si pude verlo de perfil, unos instantes. Aun así hallé que su estatura, al sobrepasar en mucho los límites de lo elegante, lo aproximaba a uno de esos hombres del pueblo cuyas caracterícticas físicas desusadas los convierten en auxiliares indispensables para los oficios más vulgares. La cabeza, que fue aquello de su persona que me quedó más grabado, me pareció por su parte que se asemejaba infelizmente a la silueta de un dátil aplastado. Fuera de esto, su actitud era magnífica y representaba muy bien esa grandeza y liberalidad nacionales de la que tanto se habla en Europa —y que puedo acaso ejemplificar ahora con el siguiente detalle: cuando en ese país desean librarse de un cretino, lo conducen hasta un estadio con un círculo de arena en su centro, lo visten con un relumbrante y ajustado traje, y mientras la multitud que ocupa las graderías se entrega a un griterío horroroso, le alargan una pequeña capa roja y lo abandonan ante el toro más grande y bravo que es posible encontrar en cien millas a la redonda… De Madrid continué viaje por tierra hasta Lisboa, adonde llegué sin novedades el 15 de diciembre de 1721. 

El barco sueco aún no había levado anclas y disponía además de un sitio libre. Era un  buque de cuerpo no muy grande que procedía del puerto de Hamburgo. Llevaba ocho cañones  y una tripulación de trece hombres, en su mayoría alemanes. El capitán, Inko Seastrom, era sueco pero hablaba perfectamente el alemán y el holandés; el inglés le costaba un poco más. Ante una pregunta de su parte, le respondí que mi oficio consistía en navegar y en descubrir, aunque esto último bastante involuntariamente. Él afirmó con la cabeza, y pese a que mi comentario le daba ocasión para extender su interrogatorio, no hizo sin embargo nada más que entregarme mi pasaje. La famosa expedición alemana, en tanto, estaba constituida solamente por cuatro personas: un profesor, su esposa, su hija, y un ayudante. Completaban el pasaje cuatro o cinco caballeros que solamente querían ver un poco de mundo y seis frailes de los llamados jesuitas, los cuales se dirigían a las tierras de los paracuarios para agregarse a la misión que en esos lugares ya propagaba las primicias de un dios con atributos de poderío y de bondad jamás igualados —pero demasiado tímido, al parecer, para presentarse por sí mismo.

Después de acomodar en mi cabina las pocas pertenencias que llevaba conmigo, descendí otra vez al puerto con la intención de buscar al capitán don Pedro de Méndez, quien seis años atrás me había prestado veinte libras para pagar mi viaje de regreso a Inglaterra. Pero el excelente hombre, según me informaron, había muerto dos años antes, luego de naufragar frente a las costas de la Berbería. Me acerqué entonces al extremo del muelle, recé una oración en recuerdo del alma del muerto y arrojé las veinte libras al mar. Tres días después, el 18 de diciembre de 1721, zarpamos acompañados por dos buques mercantes que en la segunda jornada de navegación se separaron de nosotros.

La primera parte de la travesía transcurrió casi sin incidentes. Alguna que otra tormenta, en cuyo transcurso me divertía en observar la desesperación de los inexpertos frailes, quienes además de arrojar sobre la cubierta el contenido de sus estómagos, arrojaban también medallas y toda clase de reliquias al abismo de las aguas, encomendándolas a los santos más diversos. El 15 de febrero de 1722 cruzamos el aequator, y enseguida fuimos sorprendidos por una calma marina que nos inmovilizó por siete días, tiempo que fue luego recuperado en su mayor parte gracias a los vientos más ventajosos que encontramos a partir de ahí.

El 7 de marzo, alrededor de las seis de la mañana, me encontraba en mi cabina, dispuesto a subir a la cubierta, cuando se oyó el resonar de un disparo y después el silbido de una bala de cañón que pasaba por encima de nuestra nave. De inmediato los tripulantes comenzaron a gritar que nos atacaba un barco de filibusteros ingleses. Me precipité a la cubierta y con mi catalejo de bolsillo pude ver que se trataba, efectivamente, de piratas de mi país. Retumbó otro disparo y a continuación una voz nos ordenó, desde el barco atacante, poner nuestro buque a la capa, esto es, enfrentar una a la otra dos de las velas más grandes, de modo que al hincharlas el viento la nave no pueda marchar ni hacia adelante ni hacia atrás. Le transmití a nuestro capitán la exigencia de los piratas y también  mi opinión de que era necesario obedecer, pues el cuerpo del barco de ellos era mayor que el del nuestro. Estuvo él de acuerdo y entre gruñidos de rabia le gritó al piloto que enfrentara las velas con presteza; luego ordenó que las mujeres se refugiaran en sus cabinas. Cuando los filibusteros estuvieron seguros de nuestra inmovilidad, empezaron a acercarse lentamente. Para evitar el enfurecerlos y olvidándome de que no era yo el capitán, les ordené a los tripulantes y a los pasajeros que se echaran de bruces sobre la cubierta y que permanecieran en una actitud de sumisión. Al ver que todos obedecían, nuestro capitán se apresuró a repetir mi orden y luego me pidió que nos ubicáramos en el medio para recibir a los atacantes, pues él esperaba que mi condición de inglés acaso nos daría una oportunidad.

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NOTA FINAL

 

Las palabras y/o frases que aparecen escritas en cursiva en los capítulos VII, IX, X, XI y XII de la Tercera parte, pertenecen a las obras literarias que se detallan a continuación.

 

. Capítulo VII

Pág. 272. Martín Fierro (José Hernández)

 

. Capítulo IX

Pág. 292. Hamlet (William Shakespeare)

Pág. 293/4. Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll)

Pág. 295. Moby Dick (Herman Melville)

 

. Capítulo X

Pág. 298. Ante la Ley (Franz Kafka)

Pág. 304. El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde)

Pág. 305. El cuervo (Edgar A. Poe)

 

. Capítulo XI

Pág. 310. La metamorfosis (Franz Kafka)

Pág. 312. El extraño caso del Dr. Jekyll y Mister Hyde (R.L. Stevenson)

Pág. 314. Viajes de Gulliver (Jonathan Swift)

 

. Capítulo XII

Pág. 320. La dama del perrito (Antón Chejov)

Pág. 321/22. Doktor Faustus (Thomas Mann)

Pág. 326. Ecce Homo (Friedrich Nietzsche)

Pág. 328. Canto del cisne (Jacobo Fijman)

Pág. 329. El guardador de rebaños (Fernando Pessoa)

Pág. 329. Poema 627 (Emily Dickinson)

Pág. 329. Canto de mí mismo (Walt Whitman)

 

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Edgar Brau / El oficio de Gulliver