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NovedadesComo salmos
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Edgar Brau
Como salmos
(Selección - Salmos I y VII)
I
Difícil, Señor (quienquiera que seas), difícil obra
en el principio emplazar la anomalía del resplandor
en el testimonio muy apretujado de las tinieblas y,
dulce al sueño de tus pupilas, abrir luego
un perenne favor de luz al husmeo de tu albedrío.
(¿Y no puedes apremiar de claridades
el agua negra del odio?
¿Desgarrar esas fundas donde el corazón,
como temiendo debilitarse en la gracia,
confina su simiente de fraternales castas?...)
Difícil, Señor, ubicar en su destino
a las aguas de arriba y a las aguas de abajo
y en la seguridad de su azul al cielo.
Difícil asignar luego sus embalses
a las terrestres aguas y dominar,
toda sustancia de voluntad tu mirada,
el lento erguirse de los continentes con sus bordes mutilados.
(¿Y no puedes cesar las torsiones con que la tierra
rasga a veces el casco amable de los suelos;
con que trastorna la sumisión de las mareas
al familiar ritmo que las bautiza?
¿Cesar la temporada del huracán,
el verterse inútil del alud;
cesar, sobre la loza de cada océano,
la jactancia con que empinan ante la nave
sus flexibles espinazos los tifones?...)
Difícil, Señor, insertar en la grieta del cascote
una sabiduría de germinaciones;
convenir, con las arenas, el injerto de las frondas
y la bienvenida al fruto colonizador.
Difícil desunir el día de la noche,
sujetando en un muy grande nudo
los hilos del relámpago.
Difícil, desunir la noche de la noche
con la piedra satélite donde renace en círculo
la luz muerta del día.
(¿Y no puedes agostar los brotes
con que el árbol aclamado de la ciencia
le asegura una mejor sombra a la muerte;
quebrantar sus fundaciones de violencia,
su consagración de los inventos
que deshonran el sueño del niño
acerca de empresas humanas sin maniobras con el mal?...)
Difícil obra, Señor, esa mano pálida del cardumen
de pronto entre el oleaje; la sedosa incisión del ave
cuarteando los aires; la fiera (móvil espina del terror)
acompasando sus pigmentos con los desiertos y las junglas.
Difícil la pluma del gallo y su canto
sobre las puertas de la mañana. Y difícil, muy difícil,
allá donde mejor define sus azules el mar,
la holgura girante del leviatán.
(¿Y no puedes derrumbar el alcázar donde discierne
su más conveniente disfraz la justicia;
la celda con su nicho a medida del santo;
la mesa en donde los autoritarios del oro
fijan el calendario de sus depredaciones?
¿No puedes sofocar el léxico con que retiran,
del humano candor, su rapiña de crédito
los grandes embaucadores; ahogar, y desviar después
hacia avanzadas de vuelo más noble,
la marcha de los tambores
que apacientan en el número al hombre?...)
Difícil, Señor, oh qué difícil, Señor,
la dilatación en carne y hálito y según tu imagen
de un cieno hostigado por la ráfaga.
Difícil en verdad Señor ese tu ardid magnánimo,
y difícil, enseguida, ese sonreír de tu genio,
la compañera como contagio de dulcedumbre y de afirmación
para los días en su lugar incierto...
(¿Y no puedes, oh Señor, no puedes, finalmente,
darnos cuanto menos la comprensión de aquellos
lados rotos de tu obra, de aquellos como abscesos
de una nada acometida por las fiebres de la animación?...
¿No puedes confiarnos de una vez, netamente,
con el prestigio de una forma, de un símbolo
ante el cual se inmole la mera palabra,
el porqué de esas agonías cuyo blanco ojo interrogador
parece cerrar siempre el silencio que cae de tu ángulo?... )
La tierra espera, Señor. La tierra, Señor (quienquiera que seas), espera y ¿sabes? algo de ti muere una y otra vez para ella en el entretanto.
VII
Y sin embargo… sin embargo, cómo relumbra
y cuán hermoso es ese como resucitado
detalle cualquiera que de pronto, en los instantes
en que la ceniza de los trajines tempestuosos
se desliza de nuestras pupilas, deja en las bocas,
guía fructífera, palabras que desalojarte
parecen de tu secreto...
Palabras, Señor, palabras agradecidas que,
cual jóvenes brazos festivos, llevan hasta ti,
te devuelven a ti, el eco que las formas
de tu forma de Dios va despertando en nuestro corazón.
Palabras, por ejemplo, por el latido riente de la flor,
palabras por el grito maternal del mar,
por la fantasía de infancia en los lomos del insecto,
por el tierno lago entre muslo y muslo de mujer,
por la eternidad siempre retornada de los árboles,
por la diminuta aurora de las mariposas,
por la cáscara de luz de los desiertos
y el inclinado relámpago verde de sus palmeras;
palabras por la araña juzgando la transparencia de los planos,
por el oso polar trotando en su hambre favorito,
por el comercio muerto de los pantanos,
por el cepo de los soles amables,
por el sello blanco de los polos y por la ballena
con su turbante de aguas y por el fermento carmesí
de los corales y por la cruz del albatros en vuelo...
Ah, Señor, cuánto se alza contra el pesar y aun así
cuán poco se apacigua esa reyerta
con que la desesperación le abre zanjas
de muertos a nuestros pies.
Una pura alabanza al Todo parece por momentos
tu obra, un sueño donde la diferencia se aniquila.
Pero nosotros nos complacemos en deslindar.
En comparar y en desunir. Y en asentar, al fin,
con una tinta nocturna, los saldos.
Serénanos, Señor: que la noche de ojos bajando
del horror no turbe la razón de nuestra inocencia…
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